Hace un par de meses leí un post de esos que al principio, especialmente por el título, piensas que van de coña, pero que a medida que avanzas te das cuenta de que el artículo va totalmente en serio. Y es en esos casos cuando pienso que a algunas personas se les va la pelota, o tal vez se me haya ido a mí y me cueste reconocerlo.

Y con este post me pasó eso. Empecé a leerlo pensando que me iba a partir de risa, y al final resulta que lo único que me hizo sonreír fueron los disparates que se me iban ocurriendo a medida que lo leía.

Antes de seguir debo decir que reconozco que hay acciones de Marketing en aseos públicos que son para quitarse el sombrero. Y para muestra un botón.

 

 

 

 

 

 

Esas imágenes son verdaderas obras de arte por las que merece la pena aguantar todo tipo de olores, ruidos y otras lindeces en un servicio público. Si bien es cierto que este tipo de publicidad la vemos en “aseos pijos”, limpitos, sin graffitis, como los de los Centros Comerciales de hoy en día, algún tipo de Restaurantes, etc., dudo mucho que pueda verse en lo que yo llamo aseos cutres o «con costra».

Y es que… Seamos realistas. A mí, si me hablan de un aseo público, lo primero que me viene a la cabeza son imágenes de esos servicios de las antiguas gasolineras cochambrosas de carretera, de esas en las que  la llave del servicio de chicas iba unida a un pedazo de llavero también con costra y que tenías que pedir a través de una ventana en la que nunca solía haber nadie mientras tú no sabías si pegar botes a ver si se te pasaban las ganas de achicar aguas, o bajarte todo lo bajable detrás tu coche a la vez que tarareabas la mítica canción de los Toreros Muertos “Mi agüita amarilla”.

También están esos servicios de discotecas y bares de copas de hace por lo menos siete años (tiempo que hace que no piso estos lugares en los que tanto tiempo pasé en mis años mozos). Esos servicios que por mucho que te hubiera advertido tu madre, tú acababas visitando varias veces durante tus noches de juerga. Y aquí voy a recurrir a un genial libro titulado “Como no ser una drama mamá” de Amaya Ascunce y cuya lectura recomiendo porque es graciosísimo y real como la vida misma. ¿Que por qué echo mano del libro en lugar de sacarlo de mi propia cosecha? Pues porque desde que leí el capítulo “No te sientes en un baño público que te puedes coger cualquier cosa” descubrí que mi madre no era un alien, sino que era una drama mamá más (uff, por sílaba –ma que no quede) y que la mayoría de las chicas hemos oído ese consejo cansino que a mí me sigue acompañando a día de hoy.

Y es que no creo que haya chica (sí, especialmente chica) de mi quinta e incluso más jovencita a la que su madre no le dijera una y mil veces eso de “Nena, no te sientes nunca en un baño público que te puede coger el sida ese o cualquier cosa. Y quita el primer trozo de papel higiénico que a saber quién ha sido el último en tocarlo, que se quedan las bacterias y todo ahí pegado. Primero tiras el papel, luego limpia la taza, pero sin tocarla para nada, y luego no te sientes, que te digo que te pillas cualquier cosa. Un truco es ponerse de cuclillas encima de la taza, pero levanta la tapa, que no sea mi hija la que va dejando sus huellas en cualquier lado, que sean las de otros. ¡Ah! Y es de muy mal gusto que te oigan orinar (sí, mi madre dice “orinar” y “hacer de vientre”), que hay mujeres que parecen vacas. Eso no es de señoritas. Así que tira de la cadena antes, para disimular. O echa papel. …”

Muy bien. Pues ahora que ya estamos en situación ¿me puede decir alguien, especialmente las chicas, si en un servicio público de estos que he mencionado os daría tiempo a fijaros en un cartelito fruto del Marketing de Guerrilla (que no de Guarrilla) por muy bien hecho que esté? Va a ser que no. Cuando consigues entrar al servicio, después de chuparte una cola de tres pares de narices, dando botecitos y acordándote de la familia de todos los que van delante de ti que parecen eternizarse más que nada ni nadie, en esas circunstancias, y después de lo expuesto anteriormente, estás muy ocupado en arrancar el primer trozo de papel higiénico. Y como lo normal es que no haya rollo de papel, estás todavía más ocupado en buscar un paquete de pañuelos de papel en tu bolso para poder limpiar la taza, varios pañuelos para tirar al W.C. y atascarlo más de lo que ya estaba. Eso sin mencionar que antes de entrar has estado muy ocupada remangándote los pantalones para que no sea tu ropa la que limpie ese suelo que parece una ciénaga. Y claro, tampoco es cuestión de imitar a los que iban antes de ti y eternizarte dentro leyendo cartelitos, porque ante todo hay que ponerse en los zapatos de los demás, especialmente porque, hay que tener en cuenta este detalle, esos zapatos se están manchando en la charca de Shrek. 

Y alguien podría pensar que sería una buena idea situar este tipo de publicidad fuera del habitáculo del W.C, en la zona de espejos y lavabos, porque así mientras esperas la cola te entretienes con acciones de marketing de lo más variopinto. Pero la verdad es que si recurres a este tipo de aseos, a los cutres, llenos de graffitis y otras lindezas, es porque la situación lo requiere, y tú no estás para tomar nota de nada. Lo que quieres es entrar y salir cuanto antes. Y cuando sales estás muy ocupada lavándote las manos y poniéndote guapetona. Y por otra parte, si eres como yo, que hasta en sitios así me pongo a hablar hasta con los que ni siquiera me quieren dar conversación, pues como que tampoco estás para fijarte ni anotar nada. Porque ser social está por encima de cualquier acción de Marketing por muy buena que ésta sea.

Podría seguir argumentando el por qué me hizo gracia aquel post. A día de hoy pienso que a lo mejor en el país en el que vive su autora no existen servicios públicos cutres, o la gente visita estos aseos en unas circunstancias “más favorables”, sin apretones, sin saltitos. Pero creo que ya os he ilustrado bastante el motivo de mi desacuerdo.

Y siempre que pienso en este tipo de aseos público-casposillos me viene a la memoria un chiste que me contaron hace muchos años y que sirve para reflejar que hay circunstancias en las que realmente no viene a cuento ser social: «¿Cuál es la conversación más corta? Cuando estás sentado en el W.C. de un aseo público que no tiene cerrojo y mientras estás aligerando peso alguien desde fuera abre la puerta de un manotazo y entonces tú gritas: “¡Eh!” y ese alguien dice: “¡Ah!».

perro riendose

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