HISTORIA DE UNA AGRESION

Hoy quiero contaros una historia, verídica. Podría ser la historia de cualquiera de los que estéis leyendo esto, si es que hay alguien “al otro lado” después de los muchísimos meses de sequía que nuevamente ha habido en mi blog.

Pero no quiero irme por los cerros de Úbeda. Como decía, hoy vengo a contaros la historia de una agresión: la mía, la que yo recibí el pasado viernes sobre las 10 de la noche cuando paseaba a mi perrita.

Antes de narrar lo que me sucedió, quiero mencionar que ese viernes, por la tarde, mi marido y mi princesita se fueron a pasar el fin de semana al campo. Yo preferí quedarme  en Cádiz en nuestro piso, sola con mi perra, para estar tranquila en casa, y hacer otras cosillas.

Ahora sí, los hechos: el viernes, poco antes de las 10 de la noche me dispuse a sacar a Poppy, mi peludilla. A esas horas, y un viernes por la noche, el cuerpo le pedía marcha a montones de jóvenes y no tan jóvenes. Así que en mi paseo con Poppy me fui topando con este peculiar gentío que al igual que yo en mis tiempos jóvenes se disponían a salir de juerga. Aunque había una gran diferencia con esos tiempos que a veces tanto echo de menos, porque en aquellos años no habíamos pasado ninguna pandemia y hoy en día sí. De hecho, siguen apareciendo cada día más rebrotes. Y ese gentío que el viernes se iba de juerga, NO llevaba mascarilla. Pero ni siquiera es que la llevaran para taparse la papada (algo muy típico por aquí incluso en gente de mi quinta y más mayores). La rabia, como cada vez que me cruzo con gente sin esa mascarilla obligatoria, me iba carcomiendo por dentro. A fin de cuentas, egoístamente pensando solamente en mí, por mis problemas de ansiedad, sólo puedo llevar mascarillas quirúrgicas. Con las K-95 me asfixio. Por lo tanto voy protegiendo a los demás, pero los que no la llevan, obviamente no me protegen a mí.

Así que cuando Poppy, que es muy fisna y solo hace pis en la hierba o arena, terminó con sus menesteres, me dirigí al semáforo para cruzar. Muñequito en rojo, dos niñatos “de medio pelo” que no creo que pasaran de 20 años se me pusieron al lado, tan pegados a mí que incluso por un momento pensé que iban a abrazarme y todo; y es que habiendo sitio de sobra… Obviamente no llevaban mascarilla. Y de una forma educada les recriminé justamente eso, que no la llevaban. Rápidamente respondieron con mucha chulería que yo no era su madre, a lo que yo les contesté que afortunadamente no lo era, pero sí que era una ciudadana que sabe que es obligatorio llevar mascarilla puesta aunque sea en un espacio abierto si no se va a mantener una distancia de seguridad cosa que conmigo no estaban haciendo. Y entonces ya pasaron a insultos cargados también con esa “madridfobia” que parece que sigue creciendo. Y es que yo no he perdido mi acento madrileño. Como es lógico cuánto más me insultaban y me decían que había venido de Madrid a contagiar a los gaditanos y encima a “dictar reglas” yo ya estaba elevando mi tono de voz (elevando el tono, pero nunca gritando). A todo esto ya se había puesto el muñequito del semáforo en verde y ya estábamos cruzando; ellos insultándome y yo dale que te pego a mi perorata de que es obligatorio llevar mascarilla puesta. Pues sí, nunca me da la gana de bajarme del burro cuando llevo razón. Y cuando ya estábamos a punto de llegar al otro extremo de la Avenida fue cuando me di cuenta de que había otras 2 niñatas, también sin mascarillas y una de ellas con un cochecito de bebé de pocos meses que de repente empezó a chillarme (la madre, claro), sí, a chillarme, diciéndome que yo a su marido no le chillara. Le dije que no le había chillado que sólo le había levantado el tono de voz, aunque estas explicaciones, con los chillidos que me estaba dando defendiendo a su marido no las debió oír. Otra vez empezaron los insultos mezclados con la madridfobia y yo repitiendo por enésima vez que por ley tenían que llevar mascarillas. En ese momento, “el marido” me dijo, aunque un poco alejado de mí (por si no me había quedado claro que era un calzonazos que necesitaba que su mujer le defendiera aunque fuera a voz en grito): “Mira, que porque eres una tía vieja, porque si fueras un tío, ahora mismo tendrías la cabeza abierta y reventada en el suelo de las patadas y los pisotones que te habría dado”. Y como no me puedo estar calladita contesté en un tono suave: “Lástima de futuro que le espera a tu hija” y me di media vuelta dispuesta a irme a casa con Poppy. Pero entonces, la otra niñata que no había abierto la boca me dijo, acompañado de un insulto que prefiero no reproducir: “… vete a Madrid a contagiar a tus paisanos y no vengáis por aquí” Entonces me di media vuelta y de repente en cuestión de 2 segundos la choni que me había dicho esto se me acercó como a plantarme cara y yo sin achantarme caminé hacia ella y le dije, con un tono de voz calmado que yo solamente quería que usaran … ¡¡zas!! No pude seguir hablando porque me soltó un puñetazo en la boca del estómago, y mientras yo me quedaba doblada ellos se fueron.

Llegué a mi casa y entonces solté todo lo que por la calle en el cortísimo trayecto de menos de 5 minutos, tuve que reprimir. El llanto era inconsolable, me dio un ataque de ansiedad bestial y ahora es cuando sí resumo, aunque explicaré bien en una 2ª parte, todo lo que fue sucediendo después porque mi fatídica noche no acabó ahí y porque también esos hechos, se merecen otra denuncia social. ¿El resumen, además como colofón? Empecé a llamar, sin parar, al 091 desde las 22.30 o incluso antes, y hasta la 1.30 no conseguí hablar con ellos. En mi caso quería denunciar, una “simple” agresión. Si hubiera llamado, por poner un ejemplo, porque mi marido había ido a la cocina a por un cuchillo jamonero para matarnos a mi hija y a mí, le hubiera dado tiempo a cortarnos en rodajitas y esconder cada una de ellas por todo el vecindario.

Nota 1: Como he dicho antes, esta ha sido mi historia, pero podría haber sido la historia de cualquiera. Por eso, desde aquí y desde mis redes sociales, (a los más amiguetes mediante mensajito privado) os pediré que por favor compartáis este post. Los que me conocéis sabéis que yo no busco gloria, que es muy raro que yo mendigue retuits, compartir en Facebook etiquetando masivamente, etc. Sólo quiero que se sepa que por defender un derecho que tengo como ciudadana, me llevé una agresión física y otra «psicológica» porque esto de la #madridfobia tiene que acabar. Gracias de antemano.

Nota 2: Muchos estaréis pensando, al igual que yo lo hacía hasta ayer por la mañana, que si la policía pusiera las multas de 100 € estipuladas por Ley, otro gallo cantaría. Desgraciadamente, por lo menos aquí tienen orden de la de Delegación del Gobierno de no poner multas a no ser que sea un caso «muy sangrante». Esto me lo dijeron ayer un policía local y otro nacional a los que conozco.

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