Esta es la continuación de mi anterior post Historia de una agresión

Aquello sucedió hace ya un mes. Y no voy a mentir. Cada  vez que recuerdo la escena que desencadenó todo y el puñetazo como guinda del pastel, sigo sintiendo una especie de pellizco por dentro. Pero como dije en esa entrada en la que relaté estos sucedos, esa fatítida noche no acabó ahí.

Cuando llegué a casa y cerré la puerta solté toda la rabia, frustración, incredulidad… que había reprimido en el corto trayecto desde el lugar de los hechos a mi domicilio. Ese «soltar» se convirtió en un ataque de ansiedad bestial que sabía de antemano que no iba a parar facilmente. Aún así mi mayor prioridad era llamar al 091 y eso hice. Lo intenté muchas veces y no me cogieron el teléfono. Desgraciadamente tomo medicación para la ansiedad, así que tomé 3 trankimazin de 1mg que intuía que no me harían gran cosa. Extrañada y desesperada, llamé a la Guardia Civil. Lo primero que hizo la agente que me atendió fue intentar tranquilizarme. Escuchó mi llanto y mis gritos de desesperación durante un buen rato mientras intentaba calmarme. Lo consiguió por un momento y me dijo que ellos no podían hacer nada. Que siguiera llamando al 091 sin parar y que llamara también al 112 porque iba a necesitar ayuda sanitaria. Tal era el estado en el que me encontraba. Así que volví a la carga con mis llamadas al 091 y seguía sin obtener respuesta.

Así que decidí hacer un alto en el camino y llamar al 112, donde me atendieron amablemente, mientras yo nuevamente no podía parar de llorar de forma «histérica». Me dijeron que iban a avisar a los servicios médicos para que vinieran a mi domicilio a inyectarme un tranquilizante. Yo les recordé que me había tomado 3 trankimazin sin ningún resultado y me dijeron que dado mi estado, eso y nada era lo mismo. Insistieron en que necesitaba que me inyectaran un tranquilizante y que no me preocupara por nada. Que iban a avisar a los servicios médicos y les iban a poner al corriente de todo para que yo no tuviera que explicar otra vez lo sucedido. Y así debió ser. Me pasaron con los servicios médicos y tras verificar mis datos ésta fue la conversación entre la enfermera y yo:

 

Tras este «bache» en el camino, seguí llamando al 091 y seguí sin que me cogieran el teléfono. La  desesperación ya se había tornado en impotencia a la par que frustración. Se me ocurrió entonces llamar a alguien que yo sabía que no iba a echarme la bronca por lo que había hecho, ni me iba a decir que esto de las mascarillas me estaba volviendo paranoica. Así que estuve charlando un rato con mi querido amigo Miguel Pujante @miguelthepooh

Y no sé si el hecho de hablar con Miguel me trajo suerte o es que ya tocaba, pero desde las 22.30h de la noche de ese viernes, era la 1.30h del sábado cuando po fin me cogieron el teléfono en el 091. Y ésta fue la conversación (más o menos):

 

Al día siguiente, y sin haber dormido nada, mi ansiedad no bajaba y ya no sabía si realmente me dolía la zona donde recibí el puñetazo o eran imaginaciones mías. Con la cabeza a punto de explotarme y un mareo bestial, una ambulancia me llevó a urgencias a un hospital privado (menos mal, no estaba yo para aguantar una sala abarrotada de gente). Y el médico que «me tocó en gracia», como dice mi marido, debió ser el que sacó la pajita más corta. Desde mi punto de vista, ante un cuadro como el mío, con esa crisis de ansiedad, hubiera estado bien que el médico intentara calmar a la paciente y tratara de empatizar aunque sea «un poquitín de nada». Eso hubiera sido lo ideal. Pero no fue así. No me hizo ninguna prueba para analizar posibles daños internos porque con la palpación (y mis gritos de dolor) ya adivinó que tenía un gran hematoma interno. Y eso es lo que anotó en el parte de lesiones para que lo adjuntara a la denuncia que tenía que poner en la policía. Yo le dije que para esa crisis de ansiedad y especialmente dolor de cabeza tan fuerte y mareo, qué podía tomar. Y me contestó que él no me iba a mandar nada. Le pedí que por lo menos me inyectaran un tranquilizante y me dijo que no, que al fin y al cabo, la agresión no fue en la cabeza. Supongo que para perderme de vista y ante tanta súplica, al final me pinchó un tranquilizante, que aunque no mucho, algo hizo. Salí de allí con la idea de que nuevamente «me habían pisoteado».

Y al martes siguiente, 4 días después de los hechos, fui a poner la denuncia y además una queja al 091 por tardar 3 horas en contestar a una llamada y sobre todo por el trato recibido del agente. Me tomé un tranquilante antes de ir a poner la denuncia porque en primer lugar sabía que recordar todo, me iba a poner mal. Pero sobre todo, porque estaba segura de que el/la agente me iba a tocar los castaños oscuros. Y así fue. Como ejemplo, tener que decirle a la agente que me parecía un dato muy importante que a ella se le había pasado anotar, el lugar exacto de la agresión. Y el hecho de que al parecer yo manifestaba haber dicho en varias ocasiones cosas que no había dicho para nada. Y la agente muy molesta me dijo que si yo lo quería todo tan perfecto, que me fuera a casa, lo redactara yo, y ella no tendría ningún problema en incorporarlo. Pero le dije que el modificar esos datos a ella no le iba a llevar tanto tiempo y que yo llevaba allí 4 horas esperando a ser atendida y lo último que iba a hacer era irme a mi casa a redactar algo cuando ella estaba allí para eso. Se lo dije con toda la educación del mundo. Eso sí, tuve que ponerme firme.

Y este cúmulo de «desastres» le lleva a uno a pensar ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué el sistema no responde como debería? ¿Es porque ese sistema está acostumbrado a una manada de corderitos que  aunque les intenten pisotear no van a emitir ni un triste balido? Tal vez deberíamos plantearnos que si todos hacemos pequeños cambios estaremos contribuyendo a que algún día dejemos de ser ninguneados.

 

 

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